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Un asesinato se resuelve con estética ‘kistch’ 5/10/2007 María Elena Vaca. Redactora
surreales. El libreto partió de un asesinato leído en un diario de crónica roja. La pieza analiza cuáles fueron los impulsos que motivaron al asesino y en el discurso no hay culpables ni castigadores, solo hechos. Los personajes están nominados apenas con una letra, se llaman C o D. Sánchez explica que buscó “que fácilmente puedan identificarse conmigo o contigo”. La falta de continuidad en el guión dificulta el seguimiento narrativo de ‘Que no haya pena’. La obra arranca con una presentación en escena del ‘dramatis personae’: cada personaje se presenta a sí mismo y se describe. Solo luego se recrea la escena del crimen, en la que participan todos. Esta idea no acaba de funcionar bien. Acaso por esta falta de vigor dramático, las situaciones de los personajes transcurren con un ritmo lento, denso y desordenado. La pieza tiene un alto grado de farsa política crítica, pero su lenguaje, indirecto, traiciona su efectividad en este sentido. Más allá del pretexto social, la comedia de Sánchez es oportuna porque pinta las tildes sobre la sociedad ecuatoriana. Según el director, la idea fue poner en entredicho el discurso moral de la sociedad ecuatoriana: “Todo lo que hacemos es producto de nuestros actos”, dice, y no de lo que hacen los otros, esos chivos expiatorios a quienes se culpa de todo mal. Entre líneas, el dramaturgo satiriza, entre otras cosas, el enfoque ‘naíf’ del mundo que ofrece la televisión por cable: emprende contra la música cliché, contra los ‘reality shows’ de baja calidad y los comentarios domésticos y prosaicos sobre la vida cotidiana que llenan la pantalla chica mundial. En la obra sobresalen las actuaciones de Andrea Ordóñez, María Elena López, Javier Cevallos y la del propio Sánchez. Marco Bustos queda en deuda con el público. El manejo del espacio es elemental en la puesta de Ojo de Agua. Una flaqueza del montaje, que estará en temporada hasta este domingo en el Teatro Sucre, radican en una excesiva confianza en la palabra hablada (hay demasiadas cosas dichas y no mostradas). Otros recursos, como la música o el video, realizado por Cristian Proaño, terminan siendo decorativos y carecen de sentido propio. Sánchez concluye en su trabajo que el ‘país real’ tiene una misma voz, a veces inaudible, casi siempre medio distorsionada. Trata de recogerla en su trabajo, que integra lenguajes y técnicas diversos. Durante las dos horas que dura la función, hay una risa que no se detiene: risa sobre el crimen, risa sobre la muerte, risa sobre la vida. Ojo de Agua montó la obra tras unos meses en Alemania. Allá, López y Sánchez compartieron la dirección de la obra ‘Lilion’, de Féderic Monar, en la compañía del Staats Theather de Stuttugart. De aquella experiencia, Sánchez tomó como referencia el lenguaje escénico del Teatro de Cámara de Múnich. El fin, explica, es que “el cuerpo, el video y el texto convivan haciendo narraciones abiertas para conformar todo en una unidad multireferencial, grotesca e irónica”, señala Sánchez. Ese es un camino por recorrerse: en la obra de hoy, si bien hay ironía y provocación, los elementos no están del todo hilvanados. Algunos detalles Derechos reservados ® 2001-2010 GRUPO EL COMERCIO C.A. Prohibida la reproducción total o parcial de este contenido sin autorización de Diario El Comercio |