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El camión de 'La Compañía' era el único que pasaba por el entonces sendero lastrado. La década de los 70 apenas comenzaba y ese vehículo era el único que transitaba por la Auca-Tiwino, una vía de 130 kilómetros que comienza en Orellana y termina en Pastaza.

Los huaorani eran los dueños ancestrales de estas tierras. Ahora las cosas han cambiado. El lastrado se convirtió en carretera asfaltada de dos carriles. A lo largo de esa vía, que a finales de los 60 se abrió solo para facilitar la explotación petrolera, hay hoteles, servicio de televisión por cable y una iglesia.

Camiones, buses, camionetas, tanqueros o tráileres pasan a todo momento. Los indígenas solo ocupan el último tramo de la carretera, pues son apenas 222. Los colonos han copado todo. 11 000 personas que han llegado de Loja, Tungurahua o Manabí están allí.

Es viernes. Son apenas las 09:00 y el calor es intenso. Sentada en una silla plástica vieja, en una pequeña terraza de su vivienda con paredes agrietadas, Eroteida Coronel, de 70 años, observa el movimiento de los carros. El olor a seco de gallina llega hasta la pequeña terraza donde descansa. No tiene agua potable. Para que el escusado y el lavabo de cerámica blanca funcionen coge el agua en un balde plástico y se asea las manos.

Llegó hace 30 años. Lo hizo porque la sequía que golpeaba a Loja le impidió seguir en su tierra y salió con su esposo y 10 hijos. Cuando llegó a la Auca-Tiwino sembraba café y criaba animales. Su esposo hacía lo mismo, pero también trabajaba en una petrolera.

La hija de Eroteida, Zoila Conde, cuenta que su esposo trabaja en la compañía, como ella llama a la petrolera. Desde hace 25 años que labora ahí donde se adentra 15 días y descansa otro tiempo similar. Zoila dice que se ha acostumbrado a esa dinámica y asegura que su esposo al menos tiene "un trabajo estable".

A lo largo de la vía Auca-Tiwino es posible ver la entrada a 12 pozos petroleros. Los dos carriles se convierten en uno cuando hay un puente sobre pequeños ríos. En toda la carretera hay 22 estrechos puentes que están cercados con costales de tierra y barandas.

En la carretera hay pequeñas viviendas de caña. Otras son de madera. Y en lugares más poblados se usa cemento para levantar las casas. Algunas son altas, de madera y techo de aluminio. El espacio reducido se convierten en cuartos y cocina. Unas viviendas están apartadas, solas en la vía; otras agrupadas y forman pequeños barrios.

Todo el tramo, de frondosa vegetación y un oleoducto que acompaña el camino, atraviesa a las parroquias rurales de El Dorado, Dayuma e Inés Arango. Esta última lleva el nombre de la religiosa que murió lanceada por los huaorani, junto a monseñor Alejandro Labaka (21 de julio de 1987).

Eroteida vive en El Dorado. Dice que prefiere estar ahí, porque "no se enseña" en el Coca, capital de Orellana que está a 15km de su casa.

Bares y locales de ropa

En Dayuma se concentra la mayoría de colonos y campesinos. Desde el kilómetro 40, donde inicia esta parroquia, viven 6 298 personas agrupadas en 65 comunidades. Según el INEC, el 34,76% de la población de esa zona se identifica como indígena y el 57,72% como mestizo. El resto, en bajos porcentajes, como blanco, mulato y montubio. En su cabecera parroquial, la gran mayoría de casas y locales cuentan con una antena de señal de televisión por cable. Cinco de las calles aledañas a la principal están adoquinadas y hay señaléticas de tránsito.

Tiendas de víveres, bares y billares nocturnos, locales de ropa "de moda", de muebles de madera, sumados a los edificios de la Corporación Nacional de Electrificación, del BNF, Registro Civil y otras cinco instituciones públicas confirman que Dayuma ha crecido de forma desordenada durante 40 años.

En Rumiyacu, los pobladores ya cuentan con alcantarillado mientras que en Valle Hermoso recién remodelaron su escuela.

La mayoría de pobladores de Dayuma trabaja en 'La Compañía'. Las petroleras los contratan para trabajos de mano de obra no calificada como obreros, cargos de limpieza, de carga, etc.

Pocos se dedican a la agricultura y ganadería, que se convirtieron solo en actividades de subsistencia. Los pequeños negocios se mueven por las compras de los mismos empleados de las petroleras. Silvio Cedeño, técnico de la Junta Parroquial de Dayuma, lo sabe.

Alberto Tiwiram vive en Dayuma pero no trabaja en 'La Compañía'. Fue contratado una vez para un proyecto de seis meses y luego decidió no aplicar de nuevo. En su comunidad, a 3 km del centro poblado de Dayuma, los 116 habitantes se dedican a diferentes actividades como la cría de animales, cosecha de yuca o tala de árboles.

Para llegar hasta allá hay que transitar por una vía de tierra que abrieron hace ocho meses con la ayuda de la Junta Parroquial. Al llegar a la comunidad, las casas son pequeñas y de caña y están separadas entre sí por unos cien metros, cada una. En un espacio entre dos viviendas, hay troncos cortados y colocados en desorden uno encima del otro. El negocio de madera, dice Marcelo Tiwiram -hermano de Alberto y presidente de la comunidad-, está controlado por el Ministerio del Ambiente. Entre las reglas que les exigen están respetar el número de árboles por persona, no talar determinadas especies, plantar uno al talar otro.

Alberto, Marcelo y el resto de miembros de la comunidad son shuar y migraron desde Morona Santiago hace 33 años. Marcelo dice que la vía Auca le pertenece ancestralmente a los huaorani.

Pero en los primeros 100 km de la carretera no hay rastros de ellos.

En Inés Arango los habitantes son de todas las provincias del país.

Ana María Mermello llegó de Manabí hace 20 años y se asentó en el km 62 de la vía. En una silla plástica, en el patio delantero de su casa que da hacia la carretera, cuenta que migró con su esposo e hijos. En las dos décadas, él se ha dedicado a la finca, pero también ha sido contratado para proyectos de una petrolera. "Le dan trabajito y pagan a tiempo".

La mujer abrió una pequeña tienda hace 8 años. Ahí vende productos de primera necesidad y sus principales compradores son los trabajadores del campo petrolero que está diagonal a su casa.

Afuera de este campamento, en la caseta de vigilancia, está Álex. Lleva dos años en el puesto y antes era guardia, pero en Quito. Cuando le ofrecieron trasladarse a Orellana aceptó "sin titubear". "Acá me pagan más, tengo siete días de vacaciones cada 14 días, y me he hecho amigo de la gente del pozo. Estoy muy bien".

Todos llegaron de otra provincia y ahora tienen algo en común: su refugio en la vía Auca-Tiwino.

Pero en esta vía hay un tramo que no es pavimentado. Precisamente allí viven los huaorani, agrupados en 42 familias. Ellos lamentan que ahora únicamente tengan el último tramo de la vía, aunque aseguran que la comunidad ha logrado que se respete ese espacio.

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