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Paola deambula por una esquina desolada del centro de Guayaquil. Es una de las tantas intersecciones de la calle Hurtado, que por el día luce ajetreada. Por ahí queda un colegio, un hotel cinco estrellas, un geriátrico y la atrincherada Embajada de una potencia mundial.

Por las noches, desde las 21:00, esas veredas se vuelven pasarelas de microscópicas minifaldas y sensuales medias de nailon.

Paola tiene 18 años y a simple vista es una mujer. Hasta que suelta una carcajada vigorosa que parte el silencio como un taladro fuera de control. Paola es transexual, trabajadora sexual y comparte estas aceras con otras 15 chicas.

Llegó por aquí hace un año. "En ese tiempo he visto de todo -cuenta-. Hay clientes que pagan USD 300 por una noche. Otros solo pagan por compañía. Y hay parejas heterosexuales que quieren vivir una experiencia con una trans".

Entonces acomoda su cartera -colocada convenientemente junto a la ingle-, aunque esa ceñida licra no evidencie nada extraño. Es solo un capricho de femineidad.

Paola tiene 84 de busto, 63 de cintura y 95 de cadera, un cuerpo esbelto, modelado artesanalmente con silicona, sin pensar en que eso le pudo costar la vida. Para ella hay riesgos mayores. "He oído de chicas maltratadas, golpeadas por policías y por gente enferma. A mí nadie me ha tocado".

  • Derechos a medias

La lluvia de luces del proyector de video baña el cuerpo delgado de Andrea. Sobre una lona colgada en la ventana, rueda un documental del azar de los genes y del origen de la vida transexual.

Cada miércoles, en la sede de Silueta X, Córdova y J. Montalvo, se reúne un grupo de trans femeninas. Andrea las dirige y ahí le han hecho confesiones de horror. "Hay historias de agresiones, violaciones y en otros países hasta muertes".

Hace un par de semanas, Silueta X recopiló varios casos de muertes por odio en el mundo. Guatemala: miembros de una comunidad gay-trans fueron agredidos, uno desapareció y otro perdió un ojo. Haití: dos hombres gais fueron asesinados en una marcha contra el matrimonio homosexual. Rusia: grupos neonazis secuestran y torturan a adolescentes gais.

"Aquí no hemos llegado a ese extremo, pero hay odio. Ella -y señala una foto en la pared- denunció que la habían arrastrado. Yo también sufrí 'bullying', pero sé mis derechos. La discriminación se acabará cuando nosotras nos eduquemos".

En la comunidad de gais, lesbianas, bisexuales, transexuales e intersexuales, las trans son las más vulnerables. Un estudio de la iniciativa Amfar (2012) revela, sin maquillaje, su realidad.

De 759 trans encuestadas en la Costa, 341 no terminaron el colegio. Y un 34% reconoce su trabajo sexual al no hallar empleo.

De ellas, una de cada cinco está sometida a relaciones de abuso. Y el 45% está expuesto al contagio con VIH y otras enfermedades.

Después de ocho meses de vagar por las calles, de dormir en la Licuadora (el abandonado edificio de Agricultura), de vivir la prostitución por corto tiempo, Andrea pasó al lado del activismo. Ahora prepara a las trans en derechos humanos y prevención en salud.

  • Vídeo

Testimonios 'trans'

En la oscuridad de la noche se tejen también otras realidades. Transexuales comparten sus testimonios, experiencias e historias de muerte en las frías calles.

  • El odio se disfraza

Cuando Andrea sale por las noches reparte 'caramelos'. Es como le dicen a los preservativos y lubricantes en 'sachet'. El jueves, Paola tomó cinco y los refundió en su cartera. Las pulseras que asfixian sus brazos sonaban como un pandero.

Por estas calles, los tacones de aguja surcan riachuelos de orina, de ese líquido putrefacto que destila la basura en descomposición. Solo el olor a licor disipa la pestilencia en la esquina de Viviana.

En sus párpados se eleva una pirámide perfecta, de sombras fucsia y negra. Su piel morena está humedecida con una loción escarchada que no logra esconder esas dos cicatrices en el cuello.

"En 20 años de este oficio una vez seis homofóbicos me atacaron con cuchillos. Otra vez me clavaron un puñal. También me cortaron la cara", y muestra, desafiante, la mejilla cercenada.

A las 23:00, los autos fantasmas bajan la velocidad. Dan vueltas a la manzana, como buitres.

Las piernas larguísimas de Gabriela proyectan un arco sobre el asfalto de la calle Luque. Para ella, esta zona es nueva porque hasta el año pasado trabajó en la Chile.

La rubia extrovertida recuerda con rencor la muerte de Daniel Zamudio, el joven gay asesinado en Santiago por una pandilla neonazi, el 2 de marzo del 2012.

"Yo estaba allá por esos días. Fue horrible, le quitaron la piel, le marcaron la cruz nazi. Por eso volví. Y justo dos días antes de regresar me tocó. Me pegaron, me quitaron todo, me dejaron desnuda...".

El temor huye de su rostro en cuanto oye el claxon de un carro dorado. Sube y deja sola a Denisse.

La coqueta Denisse es la última víctima de esta acera. "En abril cuatro policías me pegaron en un cuartel. Hay clientes que se quejan de las chicas traviesas, que estafan. Pero no somos todas". Su relato hace retroceder a los 80, la época de los escuadrones volantes que encarcelaban a las travestis.

Para Paola estas historias son susurros que disfrazan su miedo. "Estoy tranquila, pero quién sabe. Esta calle es una jaula de leones".

  • Las Frases:

Gabriela, 33 años. "Las leyes nos visibilizan, pero está en nosotras hacer que esos derechos valgan".

Andrea, 26 años. "En Chile el odio es marcado. Los viernes hacían la cacería de homosexuales y trans".


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