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Domingo en la noche, buscando desde la víspera temas para proponer alguna reflexión útil. El problema no es falta de temas, sino que hay demasiados.

Decenas de artículos sobre Egipto, la visita del papa Francisco a Brasil, la desaceleración de China, la incertidumbre sobre la retirada de estímulos monetarios en Estados Unidos... Veo un tema con menos análisis, y encuentro una oportunidad.

Nuevas expectativas sociales surgen, y para sorpresa, es un fenómeno global. Tanto del mundo desarrollado como del emergente.

Estas expectativas no solo son más exigentes, sino que son más claras y menos tolerantes. No se centran solo en los gobiernos, también involucran a empresas, instituciones, incluso iglesias.

Los acontecimientos en Brasil son una muestra. Un país tradicionalmente pacífico, tranquilo, fiestero, estalló en manifestaciones donde el alza de los pasajes fue solo la gota que derramó el vaso de una nueva generación de jóvenes indignados por los contrastes. Enormes fortunas en un país con mucha pobreza; estadios espectaculares que insultan la calidad de las escuelas; la más enorme concentración católica en medio de grandes escándalos de corrupción e impunidad.

¿Qué cambios se ajustan a las nuevas expectativas? Gobiernos más transparentes, donde la corrupción no se tolera, las autoridades escuchan al pueblo, se prioriza visiblemente la educación y la modernización de los sistemas de salud, los impuestos se invierten en servicios eficientes y en infraestructura útil. Donde encontrar empleo no sea un milagro, ni fruto de las conexiones con funcionarios estatales, sino que sea suficiente por el nivel de inversión que incluya la privada y extranjera.

Políticos que se identifiquen como servidores públicos y no como simples oportunistas. Confiables no por sus discursos locuaces, ni por sus intenciones, sino por las realizaciones. Que el enriquecimiento ilícito sea un delito y no una habilidad.

Empresas que cumplan su rol y logren sus objetivos de rentabilidad de manera responsable. Entendiendo responsabilidad como la necesidad de responder ante la sociedad antes que a sus dueños. Donde el cómo se logran las ganancias es igual de importante que el cuánto. Donde cumplir las leyes y los impuestos es mandatorio, y haya preocupación en ver si el progreso de la empresa está haciendo progresar también a los colaboradores y a las comunidades locales que la rodean.

Una sociedad civil mejor articulada, educada, proactiva en velar por el bienestar común. Donde las decisiones y políticas públicas respondan al país que la colectividad aspira. En donde la confianza en las instituciones sea promovida y defendida, se tolere la diversidad, y el diálogo sea la solución de los conflictos.

El mundo exige cambios, no esperemos que éste cambie sin que antes cambiemos nosotros. La dirección está clara, ¿y las voluntades? Terminó el domingo. El lunes es buen día para comenzar .

rsalas@elcomercio.org

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