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Es un pueblo de viejos; de hombres y mujeres que casi no salen de sus casas, que no tienen televisores ni teléfonos ni computadores y que no temen vivir dentro del cráter de un volcán activo. En el mundo, hay tres lugares de ese tipo: en Japón, en Colombia y en Ecuador.

El cráter del Pululahua además de ser una reserva geobotánica, es el hogar de 50 personas, de las cuales,-revela Alejandro Barros, administrador de la reserva- el 90% son adultos mayores.

La vejez, en este pueblo es casi un mandamiento. Hasta los perros ladran con desgano, algunos ya sin dientes y con las barbas blancas. Las casas son de tapial (tierra apisonada mezclada con paja). Algunas están abandonadas, con las paredes desmoronadas, sin puertas ni ventanas.

Aquí reinan la tranquilidad y el silencio.

El cráter de 12 km de diámetro tiene un par de fumarolas por donde, cuentan los vecinos, la montaña desfoga gases tóxicos que pintan de amarillo la vegetación y matan a los insectos que vuelan cerca. Jofre Guerra, guardaparque, lo confirma y asegura que el Geofísico hace visitas periódicas para controlar la actividad del volcán. Aquí, sobre lava y magma, se vive en paz.

Desde el Mirador del Volcán, en el sector de Caspigasí, vía a Calacalí, (a 2840 metros de altitud) se pueden ver los domos, una especie de lomas que forman el borde del cráter y que en caso de haber una erupción, (como las registradas hace 2 545 y 2 460 años) serían los primeros en cuartearse. En el centro de lo que parece ser una gran olla hay un llano uniforme a 2 200 m de altura.

Para llegar a la comunidad hay que descender 1,2 km por un camino estrecho. Aquí, ver gatos montañeses, conejos, colibríes, orquídeas, es como en la ciudad ver buses, taxis o gente escupiendo en la calle. Descender toma 25 minutos, subir, en cambio, más de una hora. Quizás por eso, de los 60 000 turistas que llegaron hasta el lugar el año pasado, solo el 1% decidió bajar a conocer la comunidad.

Las calles no tienen nombres no hay semáforos ni pasos cebras, pero hay senderos por donde los dos únicos niños que viven en la comuna pueden explorar. La escuela, que hasta hace 10 años acogía a decenas de pequeños, está cerrada. Una cadena y un candado oxidados evitan que las personas puedan ingresar.

Desde su cierre, la Escuela Fiscal Mixta Pululahua ya no se preocupa por goteras ni por bancas astilladas. Ya le dejó de interesar la humedad y sus ventanas trizadas. Busca en vano un hachazo que corte de raíz sus días de tedio, pues la migración ha dibujado una nueva realidad para esta población.

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Desde 1990 han salido más de 180 personas: los jóvenes fueron a Quito con sus hijos a buscar mejores días y el cráter quedó en manos de los abuelos. Desde que no hay niños que asistan a clases, los días para la escuela tienen la cara larga. Las tres aulas construidas de bloque y cemento están vacías. Una pequeña ventana rota deja ver en el interior un par de bancas de madera arrumadas y papeles regados en el piso. De las travesuras y las risas de los menores, solo quedan unos dibujos en la pizarra y unas cucas en la pared.

A 500 metros de allí, pasando por un desolado camino de tierra, sentada en su terreno, junto a choclos y costales está Mercedes Santillán, quien ha vivido 75 años en el volcán. Sonreída y amable a pesar del dolor de espalda del que padece hace seis años (en el cráter no hay doctor), cuenta que su nieto Alan, de 11 años, estudia en San Antonio. Como la tecnología no tiene cabida en el cráter, Alan debe quedarse en el pueblo, para hacer consultas y deberes.

Regresa a casa en la tarde, cuando la neblina cubre el cráter como un manto blanco. Las tardes son frías, pero como Mercedes aún cocina con leña, el calor se concentra en su pequeña vivienda.

Aunque en el Pululahua la vida parece pasar en cámara lenta, hay cinco personas de la comunidad que no quieren emigrar ni ver morir a su tierra y formaron una Asociación de Ecoturismo y buscan aprovechar la belleza del lugar.

Patricia Guerra es una de ellas y cuenta que organizan paseos en carretas que son tiradas por toros, por las mismas yuntas que hacen el arado en los sembríos.

En el Pululahua no hay UPC, bancos, bomberos ni mercados, pero tienen iglesia. Cada domingo, los pocos vecinos van a misa y le rezan a Dios, no por seguridad, y menos por violencia ni siquiera por que el volcán no reviente. Lo que piden es que la tierra siga siendo fértil, de lo contrario no tendrían con qué subsistir.

En el Pululahua, se vive de la agricultura y de la crianza de animales. Es un lugar donde ni siquiera existe agua de riego, pero la tierra da frutos. La bruma de la tarde baja y humedece lo que toca: la hierba, las construcciones, la ropa. Ese rocío basta para que la siembra se nutra y de paso a la cosecha.

El pueblo duerme temprano. Luego del largo día, a las 18:30, antes de que caiga la oscuridad Mercedes, se adentra en su mediagua a descansar. Es en la noche cuando el silencio que impera, dice, se quebranta, si se escucha con atención, se logra oír el crujir de las entrañas del volcán.

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