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Una canasta con plátanos maduros y papayas todavía envueltas en papel resguardan a María Valdivieso, quien con su ojo izquierdo sin visión, abre cada mañana la tienda de la calle 5 de Junio. La mujer, de 87 años, perdió a sus dos hijos. Pero, durante tres décadas, el Centro Histórico se ha convertido en su pequeño, al cual ha visto crecer y cambiar. Mire el especial' Retratos de una madre'.

Los 25 años que han pasado desde que abrió el negocio, se notan en las esquinas de la despensa, donde una tabla separa los víveres de la vivienda de la mujer y donde se distinguen perchas de madera, con varias figuras de santos y calendarios antiguos.

Con su delantal azul, una gorra roja y una sonrisa dulce, recuerda que su pequeña hija murió a los pocos días de nacer por neumonía y el otro, antes del alumbramiento. Después del segundo embarazo -que los médicos le informaron que había sido extrauterino- no pudo tener hijos. Con nostalgia repite que no hubo tratamiento que funcionara para que ella y su esposo lograran tener descendencia. Hace 10 años, enviudó.

Pero ella es madre de las anécdotas de las calles y familias de San Sebastián. "Los Pico era una de las infaltables", comenta. Al mismo tiempo, ella ríe y relata que tres de los cuatro gatos que la acompañan están bautizados: Pancho, Panchita y Manuel. El cuarto está de paso, una vecina le pidió que "le dé posada por unos días". Carbunca, un perro negro, no se aparta del pie de María. Es su guardián.

Ella ha visto el paso del tiempo en el Casco Colonial y los encuentros entre los vecinos del barrio. "Un pan con cola o aunque sea una fruta. Cualquier cosa compran".

Mientras la mujer cuenta que perdió la visión del ojo por un golpe en la cabeza, las imágenes de la Virgen de El Quinche, de El Cisne y el Señor de los Milagros resguardan su espalda. Esas imágenes la han acompañado desde que abrió el establecimiento en las calle Mazo y Ambato. Siete sucres fue la inversión para arrancar con el negocio y dos, para pagar el alquiler. La primera tienda funcionaba a un costado de un aserradero.

Dos veces por semana, para abastecer su tienda, va al mercado, sola, en uno de los buses de la línea Guajaló-San Roque. "Ya me conocen y hasta me fían", repite con una voz entrecortada y separando unos guineos para una vecina.

Hacia el oriente, en el barrio La Loma, en la estrechez de la calle Antonio de Rivera, se distingue a Amada Erazo. Cuatro cuadras antes de llegar al local, John Cabrera, distribuidor de lácteos desde hace 29 años, dice que 'mamita Amada', es la más amable de su ruta.

Detrás de algunas vitrinas antiguas y otras renovadas, Amadita, como la conocen en el sector, vio nacer y crecer a sus cuatro hijos en el barrio. Pero no solo las travesuras y anécdotas de sus hijos están en su memoria, ella ha sido la confidente de sus vecinos. "Cuántas personas me han contado sus penas, los problemas con sus hijos, los encontrones con sus parejas".

Cómo no recordar a las familias: Quiroz, Betancourth o Fonseca, relata la mujer y acomoda un cartón con el pan del día. Inmediatamente, señala a sus protectoras: las imágenes del Jesús del Gran Poder, sobre la caja y de La Dolorosa, en la puerta del refrigerador. Amada es conocida por vender el pan tradicional de La Loma y desde un alfiler hasta licores selectos. Y, sobre todo, por ser la mamá del 'Amadazo'.

Como el norte tiene su 'Machalazo' y el sur, su 'Chavezazo', el Centro tiene su propia celebración en fiestas de Quito. La tradición tiene más de dos décadas. A sus 70 años, ella consigue la música, los adornos y de preparar los canelazos. Además, reparte 100 fundas de caramelos a los niños del sector.

Los proveedores no se quedan fuera de la lista de homenajeados. El repartidor de leche cuenta que es la única de sus clientes que, infaltablemente, les regala una canasta navideña. La mujer de la casa E3-243, es contadora de profesión, se graduó en el Colegio 24 de Mayo, pero hace casi tres décadas es la propietaria de la tienda.

En la Ambato y Barahona, otra mamá del Centro conserva una tradición de medio siglo, en Víveres Marianita. Una sonrisa, entre tímida y recelosa, es el saludo de Isabel Ruiz, de 80 años.

Unos metros al occidente del Hospital San Lázaro, Isabel conserva la tienda donde, antaño, desde las 06:00, los vecinos de San Roque, la 24 de Mayo y San Sebastián hacían cola para comprar. La tienda era una bodega mayorista.

En la despensa, los productos se exhiben en las mismas vitrinas de madera con las que abrió el negocio hace 50 años. Ella bajaba a diario desde La Libertad. Aun hoy hay quienes llegan desde Chillogallo y otros puntos de Quito para comprar el queso de Sigchos.

Isabel rememora los festejos de fin de año y Carnaval fuera de su tienda. No podía faltar la olla de canelazos. En febrero, ella y su difunto esposo, Alejandro Paredes, alistaban tomates, huevos y todo cuanto se pudiera mezclar para el juego de carnaval. Esa tradición está viva en sus seis hijos. Pero, en esa fachada desgastada, su hija Silvia Paredes, de 50 años, es la que seguirá con la tradición.

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