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El sueño Yasuní se ha venido abajo. Se hinchó tanto el globo que, por fin, reventó. Y al reventar, no solo trajo desilusión. También destapó algunas verdades: la selva no es un verde y baldío espacio infinito, ni es el lugar donde corren libres las gentes que allí habitan, el Yasuní ya ha estado explotado e intervenido desde hace una veintena de años, se han abierto vías nuevas, como la del bloque 31; el río Napo se ha vuelto un bajar y subir de gabarras, tubos, maquinaria, una gran vía para la industria en este nuevo 'boom'. Y por si eso fuera poco, se vienen matado a gentes que se supone que hay que proteger como el mayor patrimonio nacional, entre otras tristezas que ahora, al frotarse los ojos, se desayunan algunos, como si acabaran de despertar de un sueño .

Desde hace unos años, los relacionadores de la petrolera estatal -y las muchas empresas subcontratadas- hacen presencia en las comunidades del bajo Napo con sus brigadas médicas y, a la vez, con convenios bajo el brazo para que firmen todas las comunidades por donde pasarán los tubos o donde se hacen los campamentos y las plataformas. Lo que a una comunidad le ha costado años de reclamos, una planta de luz para secar su cacao, lo ha conseguido la compañía en una semana, ¡pero solo para tener luz en su campamento! Los ofrecimientos han ido desde el pago de 20 dólares por hectárea, hasta las ofertas de trabajo, y a lo mejor, una casa nueva, de esas del milenio. A la final, las comunidades aceptan, les dura el trabajo tres meses, y hacen, por cierto, la tarea más dura: el de abrir las trochas a más de treinta grados bajo el sol. Las que no han aceptado, que son pocas, están divididas. Los alcaldes amazónicos, contentos, esperando que les lleguen recursos con esta nueva apuesta petrolera.

Este mundo de la selva de papel, de la selva de los cafetines quiteños, de la selva de las ONG y de los proyectos, la selva de la propaganda, dista mucho de la selva del día a día, donde las comunidades más empobrecidas, donde se ve miseria, son justamente aquellas que están en las vías petroleras, en las orillas de la vía Auca, en las cercanías de las instalaciones es donde se posan los chongos, los bares, las cantinas.

Confundidos entre dinero y bienestar, trastocados los valores, privilegiamos una carretera porque creemos que es progreso, sin reparar en que para otros, para los más pequeños, los grupos aislados, significa una gran barrera, un corte más en su territorio demediado, menos espacio para moverse. A las comunidades les han quitado la tierra, el lugar de la chacra, se ha empobrecido su despensa, la tranquilidad de la hamaca, el silencio.

Poco a poco acabaremos por convertir esa riqueza, en miseria.

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