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La iniciativa Yasuní-ITT no fracasó ahora sino en diciembre del 2009 cuando el presidente Rafael Correa dio la orden para no suscribir el fideicomiso que debía administrar los aportes económicos y los comisionados tuvieron que des-invitar a 16 jefes de Estado que habían comprometido su asistencia a la firma en Copenhague. Hasta entonces, la iniciativa era un éxito, entre todos los países que la apoyaban habían comprometido 1 770 millones de dólares.

Por razones que resultan un enigma, se rechazó el fideicomiso, se les pidió a los países comprometidos que se metan por las orejas su dinero, renunció el Canciller, renunciaron los comisionados y la iniciativa bajó al nivel de farándula; se hicieron una decena de aplazamientos, se firmó el acuerdo para la construcció n de la Refinería comprometiendo 100 000 barriles procedentes del Yasuní; se fue debilitando el "Plan A" y fortaleciendo el "Plan B".

El Gobierno que había publicitado las ventajas de dejar intocado el parque Yasuní, que hacía honor a la Constitución más ecológica del mundo, que rompía la maldición de vivir dependiendo del petróleo, que se gloriaba de contar con la región más biodiversa del planeta, que iba a dar ejemplo al mundo de responsabilidad ambiental; después de persuadir a los ecuatorianos de la conveniencia de la iniciativa, termina anunciando que explotará el petróleo del Yasuní. Lideró la marcha ecológica y ahora dice que hay que ir en reversa. Las caras de velorio en el salón amarillo cuando se anunció en cadena la muerte de la iniciativa, son mal presagio de lo que vamos a vivir.

La consulta es inevitable, si en verdad cuenta con el respaldo que le asignan las encuestas. Tienen razón quienes sostienen que decisión tan importante no debe ser tomada por los mandatarios y los representantes sino, directamente, por el mandante, el pueblo. El debate debe ser limpio y transparente. Hay buenos argumentos de un lado y de otro. Las alternativas son hoy, de manera urgente, o la próxima década, después del colapso, dicen partidarios de la tesis del Gobierno. Hay que librarse de la dependencia del petróleo y dejar intocado el Yasuní, señalan los partidarios de la consulta.

Lo que debemos exigir es un debate limpio y transparente, sin juegos de cifras, sin ambigüedades en los límites del parque, sin ofertas desmedidas a los municipios amazónicos, sin pretender sacar réditos políticos. Una consulta popular que no se ensucie con otros temas para confundir a los ciudadanos y peor con "solemnes barbaridades" como calificó el asambleísta Antonio Pozo a la idea de consultar sobre la eliminación de los diarios de papel para evitar la tala de árboles. Quienes propongan la consulta deberán plantear una pregunta clara y las autoridades que deben calificar la pregunta y organizar la consulta popular deberán colocarse a la altura de las circunstancias.

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