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Hace pocos días, el presidente Correa informó que el Ecuador ha suspendido la acción judicial iniciada en marzo de 2008 contra Colombia ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya, por los daños causados por los fumigaciones aéreas con herbicidas tóxicos hechas por Colombia en la zona fronteriza con nuestro país.

Bien hizo el Ecuador al iniciar esa acción judicial después de que los esfuerzos para buscar una solución negociada con Bogotá no dieran ningún resultado, en la época del presidente Uribe. Y bien ha hecho ahora al haber decidido suspenderla, de común acuerdo, en virtud de los entendimientos logrados con el vecino del norte.

Tanto en lo privado, lo público o lo internacional es preferible una transacción que a ninguno de los litigantes satisfaga, que un buen juicio. Los juicios, además de aleatorios en sus resultados, son largos, costosos y enturbian las relaciones entre los litigantes.

No conocemos el detalle de los acuerdos alcanzados pero, según se ha dicho, Colombia ha adquirido los siguientes compromisos básicos: abstenerse en el futuro de fumigar en la zona fronteriza de 10 kilómetros de ancho de su propio territorio; informar previamente al Ecuador cuando, por razones explicables, deba hacerlo; pagar los costos cubiertos por nuestro país en su litigio ante la Corte de La Haya; y entregar una compensación por los daños causados en la zona ecuatoriana fronteriza. Esos dineros se destinarán a programas de carácter social en la región afectada por las fumigaciones. Hay que esperar que Colombia se haya obligado a privilegiar métodos manuales para erradicar los cultivos de coca, a hacer uso de todas las medidas técnicas para minimizar el eventual daño que la lucha contra la droga pudiera producir y a evitar el recurso a químicos.

Las relaciones entre Ecuador y Colombia son importantes para ambos países. Todo esfuerzo que realicen los dos gobiernos para borrar malos recuerdos y fortalecer su cooperación son plausibles, especialmente cuando el diálogo de paz en Colombia parece estar dando resultados positivos. No hay que olvidar que si Colombia llega a alcanzar la paz interna -que beneficiará a toda nuestra América- surgirán nuevos y serios peligros y desafíos para el Ecuador. Grupos radicales de las FARC multiplicarán su presión en nuestras fronteras, lo que exigirá una mayor y más compleja cooperación entre Quito y Bogotá. Ojalá las comunes responsabilidades de Colombia y Ecuador en su lucha contra el narcotráfico hayan figurado como uno de los elementos de la negociación.

El futuro nos mantendrá siempre como vecinos de Colombia, razón que debe llevarnos a mantener siempre abiertas las puertas del diálogo y la cooperación. En tal contexto, el desistimiento del juicio ante La Haya es un hecho positivo y prometedor.

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