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Horacio Cartes asumió el jueves pasado la presidencia de Paraguay por el período 2013- 2018. En la ocasión no estuvo el Presidente de Venezuela, porque no se invitó a un Mandatario extranjero identificado con un Gobierno que arengó a militares paraguayos para dar un golpe de Estado en plena crisis institucional en tiempos de la destitución de Lugo -que, por cierto, asumió como senador, y sí estuvo en la ceremonia de asunción. En la ocasión también, el Presidente paraguayo fijó un norte de dignidad para la política exterior de su país que debiera de ser valorado aquí en Montevideo.

En efecto, Cartes sabe que depende mucho económicamente de sus vecinos. Más de un tercio de los cerca de 10 000 millones de dólares que exporta Paraguay tienen como destino Argentina y Brasil, países de donde proviene el 44% de sus importaciones. Nadie puede negar el formidable peso de Brasil en particular, con sus inversiones directas -en particular vinculadas a la agropecuaria-, su influencia diplomática y su estratégica relación como comprador de energía barata al Paraguay.

Así las cosas, el realismo internacional de Cartes lo conduce a reactivar las relaciones bilaterales. Generará el camino de entendimiento propio y más ventajoso para Paraguay. Y, en general, el objetivo ya anunciado es propiciar la apertura hacia distintos horizontes comerciales y de vinculación regional.

Sobre el Mercosur, no hay más que at enerse a la evidencia: la estrategia de relación bilateral paraguaya cumplirá con satisfacer sus vínculos con los principales países- socios del bloque. Pero es claro que la entrada ilegal de Venezuela, violando la necesaria aceptación expresa del Senado paraguayo, no es aceptada. Por tanto, en la perspectiva del gobierno paraguayo, no tiene sentido reintegrarse a un bloque en donde se viola un principio elemental: la igualdad del respeto por la soberanía de todos sus socios.

Con firmeza, con pragmatismo, el Paraguay de Cartes conserva sus relaciones con los principales países de la región, a la vez que deja de lado el protagonismo de un club de países en donde la ideología de la patria grande no hace más que servir los intereses de Buenos Aires y/o de Brasilia.

Reivindica algo elemental: su soberanía nacional. Fija un rumbo cierto: el respeto por su independencia. Cumple entonces con el designio de la gran nación paraguaya que resistió con coraje impar en 1864 el ataque de los aliados de la guerra de la triple alianza, la Argentina de Mitre, el Brasil imperial, y el Uruguay del golpista Flores, y reivindica así su dignidad nacional.

¡Qué lejos estamos de todo eso! Hace muchos años que la política exterior de nuestro país nos avergüenza: desde esa noche en la que de apuro se votó en nuestro Parlamento la entrada de Venezuela al Mercosur, hasta la mayor integración en colectivos regionales gobernados por la ideología populista latinoamericana, los ejemplos abundan.

En 2013 Paraguay está mostrando un rumbo de vanguardia. Su crecimiento es potente; pero su camino es aún largo para alcanzar el desarrollo. Con el orgullo que da tener una historia de coraje para honrar, está mostrando que se puede conducir una política exterior con pragmatismo. Y sobre todo, que se la puede conducir con dignidad.

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