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La política real privilegia los enunciados y proclamas de principios. Los gobiernos seccionales son, de alguna manera, dependientes de la estructura del poder en un sistema que todavía se presume republicano y unitario.

Las fichas se mueven estos días con una visión pragmática que potencie, refuerce o consolide la penetración del movimiento oficialista Alianza País. Si bien es cierto que tiene en sus manos muchos municipios, prefecturas y juntas parroquiales, también es verdad que en esta instancia se expresa mayor atomización política que cuando la acumulación de votos está bajo el influjo de la figura del presidente Rafael Correa.

Así, mientras el país debate las coyunturas -los temas del Yasuní y la consulta- el poder político se concentra en armar las listas electorales, buscar los mejores cuadros provinciales y locales para no dejar ningún resquicio a la oposición, o al menos el menor posible.

La formulación de alianzas y la presentación de nombres será tarea primordial en este escenario para construir la imagen de poder nacional. Pero hay un factor clave en el que no se ha avanzado como debiera: la formulación de las autonomías ha mostrado las flaquezas de los regímenes seccionales y sus carencias de gestión. Por eso es que ahora, desde el poder central, otra vez, se estudia un comité de evaluación que podría retirarlas, todo un contrasentido con el discurso que inspiró la Constitución de Montecristi.

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