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¿Será posible argumentar que, como sociedad, padecemos una especie de alzheimer histórico, una suerte de degeneración de nuestras facultades de conocimiento, que sufrimos con frecuencia trastornos de conducta? ¿Será por eso que a veces amamos con ardor turbulento a nuestros caudillos y líderes (las más de las veces temporales y coyunturales), para después de poco francamente odiarlos, denigrarlos, achacarles todas las culpas de todos los males de la tierra? ¿Será esta la razón por la que, a pesar de proclamarnos demócratas, de amenazar con tomarnos las calles a la menor provocación y casi con cualquier excusa (por lo menos antes de los tiempos del silencio y de mirar para otro lado), de indignarnos con lo aparentemente superficial y trivial, de anunciarnos como forajidos, preferimos la mano dura a la tolerancia, el agravio al argumento, la turba a la individualidad, el subsidio a la iniciativa? ¿Será por esta dolencia -exagero con fines de opinar, por supuesto- que nos acomodamos con facilidad a casi cualquiera que nos ofrezca el cómodo statu quo que tanto adoramos: vivir del petróleo a toda costa, aunque luego nos quejemos de las desventajas y de las amenazas del modelo "extractivista", comer hamburguesas con papas fritas, ser capaces de vender a nuestra propia madre con tal de ir por lo menos una vez en la vida a Disney, ver películas de acción de exquisito mal gusto y vivir enganchados a los juegos de video, al mismo tiempo que rechazamos a los cuatro vientos el imperialismo, el neocolonialismo y deformidades de esa especie. Del mismo modo, patalear como niños por culpa del bendito tráfico, para seguidamente correr frenéticamente al más cercano concesionario, procurar que cada miembro de la familia tenga por lo menos un automóvil, de modo que nos podamos estacionar -de ser posible- en la mismísima puerta de donde queramos ir. Evitar, cuando sea posible, el transporte público por supuesto.

¿Será quizá, finalmente, por esa especie de alzheimer que nos jactamos de ser progresistas, que nos damos golpes de pecho con lo que extrañamente entendemos por socialismo, al tiempo que nos escandalizamos abiertamente con la posibilidad de que el Estado regule al aborto como a un derecho, a la vez que se nos erizan los pelos de la nuca ante la más mínima posibilidad de que las personas del mismo sexo contraigan matrimonio igualitario, mientras comulgamos cada domingo y nos confesamos en espera -vana- de que alguien escuche y perdone lo que entendemos por pecado? ¿O quizá el alzheimer explica por qué nuestra historia es inmutable y repetitiva, una rehechura de ciclos casi idénticos: una sucesión de regímenes autoritarios, intercalados con pequeños y casi inexistentes oasis democráticos. Una serie repetida y casi calcada de golpes de Estado, asonadas, intentos de desestabilización, oscuras maniobras, cortinas de humo y obras de teatro de ese pelaje.

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