Tiempo de lectura: 5' 56'' No. de palabras: 938

La historia de muchos libros que adornan las bibliotecas del común de los mortales resulta, casi siempre, la misma: una persona busca un título, lo encuentra, revisa sus páginas y lo guarda cual tesoro en un estante donde el polvo lo hace su presa. ¿Qué hacer cuando este proceso es distinto y el libro aparece en medio de la calle y sin dueño? Esto fue lo que este Diario, a propósito del Día del Libro, que se celebra el 23 de abril, quiso conocer al dejar abandonados diez títulos conocidos.

Un primer momento en este experimento se realiza durante dos días en la Plaza Grande. Allí, cerca del mediodía, 'Alicia en el país de las maravillas', 'El Príncipe', 'El corazón delator', 'La metamorfosis' y 'El Quijote' fueron abandonados en bancas y sobre el suelo del lugar. El que menos demoró en ser tomado fue 'Alicia...', tan solo dos minutos después de haber sido dejado cerca de la Catedral de Quito.

Un par de cuadras más al sur, con 'Frankenstein' sucedió algo completamente distinto. El libro estuvo por 12 minutos sobre uno de los bordes de la pileta de la Plaza de San Francisco. En ese tiempo, ocho personas cruzaron su camino cerca de ese abandonado. Un par de palomas, algo respetuosas, hicieron de ese pequeño libro su patio de juegos. Finalmente, una niña se acercó a él y no dudó en tomarlo entre sus manos.

La Plaza del Teatro fue también escenario para de historia, en compañía de 'La Odisea' y 'Canción de Navidad'. Allí los dos libros quedaron a la intemperie, esperando encontrar a alguien que se fijara en ellos. A diferencia de lo que sucede con una moneda de un dólar dejada en el lugar (tan solo medio segundo basta para que alguien repare en esta), un libro tarda unos cinco minutos en cobrar una presencia real en medio del bullicio del Centro Histórico.

En otros sitios fue igual. 'Las aventuras de Sherlock Holmes', en La Alameda, tardó cinco minutos en ser tomado, frente al minuto de un CD de Juan Fernando Velasco. Lo mismo sucedió con 'Fausto', que en La Carolina desapareció tras 15 minutos (un ticket de teatro lo hizo en dos). En todo caso se fueron... ahora solo falta que alguien los lea, a manera de homenaje.

  • Testimonios

Carmen Rosa Ponce

Especialista en arte Robarse un libro completa el círculo de la lectura Sinceramente nunca he estado en la situación de robarme un libro y caminar tranquila por la calle. Pero lo que sí me ha sucedido es que, de repente, me doy cuenta de que uno de ellos ha desaparecido de mi casa. En parte esto me entristece porque siento que me han desposeído de una parte de mí misma. Pero luego caigo en cuenta de que con esto se ha completado ese círculo de la lectura que implica que el libro deba leerse y no ocupar un lugar más en un estante. Algo que quisiera saber es si todos esos desaparecidos volvieron a desaparecer o ya están enclaustrados por el polvo.

Carmen Carreño

Artista Quien se lleva un libro también se apropia de una historia Siempre que me siento a leer un libro me encanta subrayar partes que considero interesantes. Les dedico el tiempo suficiente para entenderlos y saber qué es lo que proponen. Es por eso que cuando desaparecen es como si me quitaran parte de mi identidad. Yo no sé qué sentirán esas personas que abren sus páginas y encuentran mi puño y letra sobre el papel. Personalmente, cuando encuentro este tipo de notas lo que me imagino es a la persona misma buscando esas palabras y frases que le ha tocado en el alma. Sin lugar a dudas nunca robaría un libro porque cuando lo hacen conmigo es algo que me entristece.

Andrés Villalba

Escritor Un robo con el que descubrí otro lado de la poesía Más que un robo, lo hice como préstamo. Estábamos en una reunión en la casa de un amigo. Antes de irme, pregunté a mi amigo si tenía Finalín, Listerine y colirio. Me dijo que en el baño, atrás del espejo. Se me cayó el colirio y cuando me incliné para recogerlo, entre las revistas de un estante, atisbé un libro de un poeta peruano -cuyo nombre omitiré- que es imposible conseguir acá. No puede ser, me dije, ¿cómo es posible que este man tenga ese libro ahí? Ni modo, me lo llevé -con la idea de devolverlo-. Cuando lo leí, ocurrió una fascinación, quizá ha sido uno de mis hallazgos más importantes.

Fernando Paz

Bibliotecario Los libros que se van dejan una huella muy marcada Tras 20 años en el oficio, he descubierto que los libros se convierten en compañeros de viaje. No hay uno solo en los estantes de la librería que no evoque un recuerdo, tal vez una conversación o, inclusive, un encuentro amoroso. Es por eso que al recorrer los pasillos de una biblioteca y mirar un espacio vacío lo único que siento es que se abre una especie de herida en mi ser. Eso me ocurrió hace unas semanas, cuando ya no vi a mi amada 'Madame Bovary' en la casa. Fue precisamente con ese libro con el que conocí a mi esposa hace 15 años mientras ella lo leía en uno de los parques de la Universidad Central.

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