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Crecí en una casa donde habitaba una artista. Mi mamá, Gisella Iturralde, dividía nuestra sala en dos y se apropiaba de un rincón en donde montaba un pequeño taller con lienzos, bastidores, óleos, acrílicos, pinceles, recortes para collages y lápices de colores sobre una larga mesa blanca. En la noche se ponía a pintar. Era su espacio, el único reservado para ella, y aunque estaba ahí, a la vista, yo sabía que había una especie de magia que se concentraba en ese punto, y que si entraba la echaría a perder.

Siempre me encantó ver cómo iba progresando cada cuadro, cómo con el pasar de las semanas un boceto se convertía en una obra terminada, o cómo lienzos enteros habían sido descartados por completo. A pesar de estar rodeada de toda la materia prima, siempre fui muy mala para pintar, dibujar y hacer toda clase de manualidades. Quizá por eso me llamaba tanto la atención el proceso de creación de mi mamá, y eso luego se extendió al proceso de otros pintores.

Así nació una serie multimedia en el sitio web de este Diario, y en su primera parte, recorre los estudios/talleres de seis artistas que residen en Quito: Carlos Monsalve, Maurice Montero, Geovanny Verdezoto, Bego Salas, Paula Barragán y Enrique Estuardo Álvarez.

A lo largo de esa aventura hubo una respuesta común: la luz es el requisito indispensable en el taller de cualquier artista. Por eso varios de ellos crean su obra en espacios con grandes ventanales y prefieren trabajar por la mañana.

El entorno es, sin duda, otro elemento importante. Paula Barragán tiene un taller en el Camino de Orellana de Guápulo y asegura que la carga histórica que tiene el barrio, y la maravillosa vista, son fuentes de inspiración. Maurice Montero prefiere vivir lejos de la ciudad y hace poco cambió su casa antigua del Pasochoa por una en El Tingo. Su taller, de dos pisos, está a un lado de su casa, adaptado a su dinámica de trabajo. El silencio es un requisito importante para él.

Geovanny Verdezoto tiene un dúplex en San Juan. La vista de la ciudad es increíble, sobre todo cuando el cielo se despeja y se alcanzan a ver los nevados. Su taller-hogar implicó un sacrificio de años, además se involucró en todos los aspectos de su construcción.

Bego Salas en cambio, tiene un pequeño taller en la parte externa de la casa que comparte con sus padres. Sus retratos repletan las paredes, y un tocadiscos turquesa brilla en un rincón al lado de su escritorio. Lo recibió como parte de pago de una obra y cuando la visité sonaba un vinilo de Doris Day.

La obra de Enrique Estuardo Álvarez ha invadido la mayor parte de la sala de su casa, ubicada en el norte de la ciudad. El artista tuvo por varios años un taller en Cumbayá y acaba de dejarlo, por lo que está en un momento de transición entre espacios. Por ahora su sala es su estudio. Me llamó especialmente la atención un armario antiguo, herencia familiar, que Álvarez pintó y convirtió en un minibar.

Quizá el taller más impresionante es el de Carlos Monsalve. Él lo considera una de sus principales obras de arte. En un enorme espacio de dos pisos y techos infinitos, Monsalve se dedica a crear. Conversar con él sobre su espacio de creación fue interesante por la importancia que da a los espacios.

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