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Así ha sido desde siempre. Construir un edificio ha implicado cerrar los ambientes volviéndolos seguros y funcionales y, al mismo tiempo, abrirlos a la vista, al paisaje y a la luz.

El uso del vidrio fue la única solución por mucho tiempo. Hoy se sigue usando en variedades muy tecnificadas, como el vidrio templado, el vidrio laminado de seguridad y otras variables.

La tecnología se encargó de encontrar rivales para los cristales: los polímeros, que no son sino plásticos. Primero fue la fibra de vidrio. Luego llegaron los acrílicos, el PVC, los policarbonatos...

Todos estos polímeros -polipropilenos, PET, polietilenos...- son muy dúctiles y maleables. Y han permitido el desarrollo de estructuras arquitectónicas y muebles audaces, que otros materiales no pueden lograr.

Los policarbonatos, que son termoplásticos, están en boga, aunque ya tienen muchos años de existencia. Y existen variedades que son tan resistentes como el acero.

Pero hasta los policarbonatos están siendo reemplazados por el grafeno. Este no es un plástico sino carbono puro transparente, de un solo átomo de grosor, que iguala al diamante en dureza, densidad, resistencia a la temperatura y conductividad.

El grafeno hasta se puede autoenfriar y es 200 veces más duro que el acero.

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