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Al tiempo que Gran Bretaña anuncia su retiro de la menguante liga de potencias imperiales y le niega apoyo a su gran aliado en una nueva intervención militar en Oriente Próximo, el presidente Obama se debate en la indecisión. ¿Atacar o no atacar? ¡Esa es la cuestión! Sorprendiendo a colaboradores, a opositores en el Congreso y a la opinión pública nacional y mundial, el sábado, el Presidente anunció que pospondrá el ataque a Siria hasta que reciba la autorización del Congreso. Del mismo Congreso que un día antes negaba necesitar para castigar al sirio. Aparte de indecisiones y de su declarada y demás sana aversión a la guerra, a Obama le pesa el fantasma de George W. Bush tanto como a David Cameron el de Tony Blair y los criminales apresuramientos de ambos para derrocar a Sadam Hussein, otro dictador no menos sanguinario que Bashar al Asad.

El problema con Obama es que desde hace meses, conforme aumentaban las atrocidades de Al Asad contra su gente y la presión de una parte de la opinión pública que pedía la intervención militar de las potencias de Occidente para nivelar las fuerzas militares en Siria, el Presidente no se cansaba de repetir que la era de las guerras aventureras había llegado a su fin. Imprudentemente, sin embargo, Obama se dio a sí mismo y a al Asad un ultimátum cuando dijo que el uso de armas químicas era una línea roja que el sirio no podía cruzar. El 21 de agosto, durante un devastador bombardeo, murieron 1 429 personas, entre ellos 426 niños y niñas, víctimas de un ataque con armas químicas.

Según Washington, Asad cruzó la línea roja y fue el secretario de Estado, John Kerry, quien se encargó de expresar la condena al dictador sirio y de presentar al mundo el argumento moral para la intervención militar. Acto seguido, Obama anunció que el ataque a las instalaciones militares de Al Asad era inminente y que Gran Bretaña y Francia acompañarían a EE.UU. El Parlamento británico, sin embargo, le impidió a Cameron acompañar a Obama en esta nueva aventura.

Se sabe que en Siria se usaron armas químicas porque hemos visto las desgarradoras imágenes de los muertos con ojos desorbitados y a los sobrevivientes convulsionándose. También que Asad tiene un arsenal de armas químicas y los recursos para lanzarlos contra las víctimas en territorios controlados por los rebeldes. También sabemos que estos no tienen ni las armas ni los recursos para lanzar este tipo de ataques. Pero nadie sabe con certeza quién lanzó los ataques.

El argumento de la verificación del ataque basado en información de inteligencia hecho por Kerry, aunque riguroso, resulta poco convincente porque ya antes hemos sido engañados. Antes de la invasión a Iraq, las agencias de inteligencia presentaron también datos rigurosamente precisos, incluyendo fotos satelitales de los almacenes móviles de armas de destrucción masiva, para justificar la invasión a Iraq, y todo fue un engaño.

El tema por ahora, y solo por ahora, es saber qué pasará si el Congreso no le autoriza a Obama la intervención militar. Nadie lo sabe. Lo cierto es que, con su desmedida retórica, el presidente Obama se ha acorralado en un laberinto que hoy nos tiene a todos en ascuas.

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