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La experiencia frustrante de la mutación del Plan A al B o viceversa en el caso Yasuní, permite como consuelo ensayarla en el plano de la política desde la orilla del oficialismo. Para tal propósito, es posible que en ese campo también exista un Plan A y por supuesto un B. El primero es la reelección indefinida a todo nivel, desde el Primer Mandatario hasta el último concejal suplente. Inicialmente se la propuso como un principio absoluto para sostener y profundizar la Revolución, luego se la mitigó. Para su concreción no hay problema, pues una reforma constitucional aprobada por la mayoría de la secta en la Asamblea y una consulta popular, administrada por los técnicos estalinistas que conducen el Consejo Nacional Electoral, aseguran el resultado.

Esta posibilidad no descarta al Plan B que, como en el caso amazónico, está listo o en proceso para ser puesto en marcha si una caída del precio del petróleo, un descontrol en el gasto fiscal o una grave crisis en el sector exportador no petrolero así lo amerite. En ese caso, el segundo dará a luz a una sucesión que estará macerada y lista para utilizarla triunfalmente. Será la hora del actual Vicepresidente, del anterior o de cualquier personaje con presencia y simpatías populares que, por las mismas razones, no podrá ser del gastado círculo íntimo.

La situación del Ecuador político del siglo XXI es distinta a la del PRI en México o a la del justicialismo argentino. Con el histórico partido del país azteca hay una diferencia fundamental. El PRI fue un partido y no había reelección. Suficiente para no compararlo con el movimiento oficial que en el Ecuador cumple la función de un apéndice; es decir, como en cirugía, un cilindro sin salida conectada al ciego .

En el caso argentino la diferencia es más sutil. Existen semejanzas: prepotencia, desparpajo e incondicionalidad sin límites de los dependientes, funcionarios o pares; sin embargo, hay instancias irrepetibles de los gauchos, empezando por un régimen de caudillismos provinciales que impide una piramidación absoluta como en el Ecuador. El columnista Luis Alberto Romero, en La Nación, hizo un diagnóstico sobre el peronismo que ayuda: "No existe un programa, una "idea" o siquiera un sentimiento. Tampoco hay una organización, sino muchas, que compiten y acuerdan. Lo que sin dudas existe es un espacio común, más cultural que político, donde propuestas y liderazgos comparten valores, lenguajes, eslóganes, guiños y sobreentendidos que eventualmente facilitan la articulación".

El futuro depende de la gobernabilidad; sin embargo, parece que el Plan A tendrá más suerte que en el Yasuní; caso contrario, una sucesión será factible, aunque la fidelidad de otros niveles -provincial o cantonal- develará la dispersión. El peronismo sobrevivió a Perón, pero basta repasar la historia para entender cómo también se la puede hacer a jirones.

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